*La obra del artista de Acatzingo, de impronta surrealista, se construye a partir de vivencias personales, leyendas, datos prehispánicos y anécdotas; en ella conviven bolígrafo y xilografía, aerosol y óleo, murales y billetes intervenidos.
Jaime Carrera
Puebla, Pue.- Hay artistas que nacen con la tinta ya corriendo por las venas. En el caso de Samuel Medrano, la tinta venía también en forma de costumbre, una acción heredada: la de escribir en una libreta.
Primero su abuelo, luego su padre, y ahora él: una cadena generacional que ha hecho de esa práctica un ritual diario. Esa pequeña libreta, siempre cerca, se ha convertido en símbolo de su andar, de su memoria activa, de su arte en proceso.
Samuel nació en Acatzingo, en una familia donde la sensibilidad artística era algo cotidiano. Su padre, aunque sastre de profesión, vivía rodeado de música; confeccionaba vestuarios para agrupaciones y tocaba instrumentos como quien respira. De él heredó no sólo el amor por el arte, sino también el hábito casi sagrado de escribir. “Mejor escribe, porque luego se olvida”, le decía. Hoy, esa frase es casi un mantra que sigue alimentando su proceso creativo.
A los 16 años, Samuel tuvo su primer contacto formal con el arte. No fue una casualidad, sino una chispa inevitable: una exposición en la Preparatoria Cabrera, en Tecamachalco, marcó su inicio. Lo hizo con obras que abordaban temas educativos, con un lenguaje aún por definir, pero ya con una necesidad profunda de expresión.
Al año siguiente volvió al mismo espacio, pero esta vez con un estilo más maduro, más suyo. Esa exposición —frente a jóvenes de su misma edad— fue un parteaguas: “Si les gustó, es porque lo estoy haciendo bien”, pensó. Y no se detuvo más.
Estudió en el Instituto de Artes Visuales del Estado de Puebla, una academia clásica que le dio herramientas, pero que no aplacó su rebeldía creativa. Porque Samuel se reconoce como un artista “rebelde en el buen sentido”, ese que busca transformar, cuestionar, provocar.
Su obra, de impronta surrealista, se construye a partir de vivencias personales, leyendas, datos prehispánicos y anécdotas de amigos que se transforman en imagen. La libreta vuelve a aparecer: allí registra, escucha, observa, escribe de noche lo que el día le dejó. Luego, en el estudio, escoge algún fragmento de esos apuntes y comienza la metamorfosis: del trazo al dibujo, del dibujo al óleo, al acrílico.
Su obra es un caleidoscopio vibrante donde conviven bolígrafo y xilografía, aerosol y óleo, murales y billetes intervenidos. Porque sí, Samuel también ha pintado sobre billetes: uno de 100 pesos se transformó recientemente en un homenaje a la mariposa Monarca, como parte de un proyecto internacional entre México, El Salvador, Guatemala y Colombia. La obra, que viajó a Guatemala para integrarse a una exposición que aspira a romper un récord Guinness, representa no solo un logro profesional, sino un eco claro de sus ideales: arte con causa, arte que vuela.
A lo largo de su carrera —más de 60 exposiciones— ha pisado escenarios nacionales e internacionales. Y hace solo unos días, regresó de Guatemala para exponer en San Pedro Cholula. A pesar de no vivir cerca de la capital, nunca le faltaron aliados: familia, amistades y una tenacidad que no conoce pausa. “Oportunidades sí hay, pero hay que facilitárnoslas”, dice, convencido de que esta profesión no tiene fin, que siempre se puede aprender más, experimentar más.
Samuel ha sido testigo de un cambio en la valoración del arte. Recuerda tiempos en los que se le cerraban puertas en Puebla. “Ahora sí te quieren, pero ya que lograste irte a otro lugar”, dice, sólo como quien ha aprendido que el arte también se abre paso en medio de las contradicciones.
Hoy, este artista poblano celebra que el arte se reconozca más, que el Día de Muertos —tan simbólico para él— sea una celebración mundialmente apreciada, y que las nuevas generaciones encuentren más espacios.
En su estudio, entre pinceles, tintas y colores, Samuel sigue escribiendo. La libreta es su punto de partida y, muchas veces, también su destino. Es allí donde germinan las ideas que después se transforman en imágenes; donde lo cotidiano, lo escuchado, lo visto, se convierte en arte. Y así, cada trazo, cada página escrita, es también una conversación silenciosa con su padre, con su abuelo, y con esa tradición íntima que continúa viva entre sus manos.








